
Un día más cierro la puerta de mi herida,
y corro el cerrojo de sus hojas como garras,
hojas de plomo que yo mismo fundí en grave noche.
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Un día más nadie vino a restañarla con mano suave,
ni mi sangre ha hecho fecunda alguna tierra estéril.
Un día más, Señor, ¿qué has hecho de mí?
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Me pudro en el fondo de mí mismo,
ya tan hondo que mis ojos no distinguen,
tan apenas, la luz redonda de mi boca.
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He dejado de gritar, pues mi voz sólo retumba en el silencio
y lo destruye como a un negro cristal que no resuena,
como a una arquitectura desosada, colgada de una luz vertiginosa.
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Ya no distingo el sueño de la noche de aquel otro de la muerte
y mis manos sólo palpan los abruptos minerales que me acosan,
disputándome este hueco que ahora ocupo, ínfimo vértice de la nada.
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Si al menos fuese agua cristalina mi yacija,
agua que aún conserve en sus entrañas
el fulgor de alguna luz, como ojos no cerrados.
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Si no cruces, sino rojas llamaradas fuesen mi flagelo,
entonces, Señor, resistiría este olvido que me espanta
y me confunde: el olvido de ser hombre.