lunes, 3 de noviembre de 2008

PRODUCTOS DE IMPORTACION

El detective Mcagüen contempló el borrón que lentamente iba extendiéndose en el centro del papel secante de su escritorio. Con su habitual parsimonia, Mcagúen volvió a colocar la caperuza de cierre a su estilográfica, mientras murmuraba: -" Hay que joderse con las estilográficas de los chinos, no valen ni para...".

Recorrió una vez más, perimetralmente, el estrecho cubículo que era su despacho, donde se apilaban sin el menor orden montañas de revistas, libros, botellas vacías y una retahíla de objetos diversos, en su mayoría inutilizados o absurdos, como paraguas, fotos antiguas de boxeadores y caballos y un pequeño búcaro en el que depositaba, con sorprendente asiduidad, las monedas de menos de cinco céntimos que podía recoger durante el día, como cambio en sus escuetas compras.


Finalmente, el detective Mcagüen se sentó en la extremidad menos atiborrada de la mesa de trabajo, no sin antes arrojar al suelo de un manotazo varios ejemplares del Código Civil que un cliente, en un rasgo de irónico desprecio, le envió como pago de honorarios. Decididamente, el detective no tenía sentido del humor.

Desde aquel improvisado asiento volvió a mirar la mancha de tinta que seguía ampliándose, concéntricamente, por la superficie del papel secante, mientras recordaba la noche anterior y la tormentosa escena con su amante del momento, la suave Molly.Molly con su molicie le enervaba y, a la vez, le excitaba las pasiones más protervas. -"Molly, me tienes hasta los c... ¿Cuándo te levantarás de la p... cama y limpiarás un poco la casa?"

"La casa" era el tabuco que le servía de despacho y una exigua (y contigua) habitación, en la que la Molly ejercitaba el mayor de sus placeres: dormir. La noche anterior, Mcagüen llegó bebido y con ganas de ejercer de macho con la Molly, pero ella dormía profundamente y no estaba por complacerle en sus elementales apetitos. Gritos, sollozos, golpes y, finalmente, la Molly rodó por el suelo como un guiñapo. Curiosamente, como ahora en el papel secante, un borrón de color rojo oscuro iba extendiendose por su raído camisón, entre sus pequeños pechos.

-"Hay que joderse, murmuraba entonces Mcagüen, estas p... estilográficas de los chinos no sirven para escribir, pero hay que ver cómo se clavan."-

Y trató de seguir escribiendo su declaración para la policía, esta vez con bolígrafo, antes de pegarse un tiro en la boca.

1 comentario:

Estela dijo...

Sí que me has sacudido! No me imaginé el desenlace.