
Había anochecido. A través de las callejas casi a oscuras del barrio viejo me dirigía, como cada noche, a mi pequeña guarida, a aquel sotabanco austero, pero confortable, donde vivía, rodeado de la media docena de recuerdos entrañables, aquellos que marcaban los momentos de goce y sufrimiento más álgidos en el columpio de mi peripecia vital: un crucifijo tosco, que recuperé de la tumba de mi padre; la fotografía que inmortalizó el primer beso que di al que fue el gran amor de mi vida; una reproducción del retrato de Francesca Tuornabuoni, del Ghirlandaio, que conservaba desde mis tiempos de estudiante; y mis libros, que ocupaban con mi particular desorden todos los rincones del cuarto.
Llegué a una pequeña placita. Me llamó la atención un nuevo local, apenas iluminado por un escueto rótulo de neón: "La Antesala". Pensé que era alguno de los sórdidos pubs que proliferaban por la zona, donde jóvenes estudiantes buscaban en esos perecederos refugios intimidad y un empírico sueño de bohemia. A la puerta, un tipo fortachón y malhablado me miró de arriba a abajo: "Tú, abuelo; creo que debieras pasar a disfrutar un rato. Esto es exactamente lo que estás necesitando, qué cojones..."
En cualquier otra circunstancia me habría enfrentado al tipo, pero ahora una fuerza extraña me impulsó a cruzar la entrada. El interior era el estereotipo que yo esperaba: Oscuro, apenas puntuado por lucecitas irregularmente repartidas, humo... Alguien me pidió que me sentase a su lado. Una sombra con contornos que levemente recordaban los de una mujer hermosa; unos ojos profundos, pero no inquietantes; un perfume sutil, extraterrenal. "Aquí estarás bien. Toma mi mano y no tengas miedo. Tú has preparado bien el viaje". En una especie de pantalla, sobre la pared, empezaron a desfilar imágenes que me resultaban enternecedoramente, desgarradoramente familiares. Y una dicha inenarrable me fue adormeciendo lentamente, lentamente, lentamente....